Cinco pasajes, cuatro plumas, cinco géneros: biografía, manual, narrativa histórica, ensayo, discursos. Cada proyecto por encargo está cubierto por confidencialidad total: lo que podemos mostrar es nuestra escritura. Léala, y luego hablamos.
De «La Cancela», primer capítulo de una biografía: un muchacho de veinticuatro años llega a dirigir la finca de una gran familia.
Tenía veinticuatro años la primera vez que crucé aquella cancela como el hombre al mando.
La villa se alzaba en las colinas sobre Florencia, y no era una villa cualquiera: una residencia histórica que el mundo nos envidiaba, propiedad de una de las grandes familias de las finanzas italianas, gente que poseía bancos e industrias y que aparecía en los periódicos solo cuando quería. Yo poseía un diploma de perito agrícola, una licencia de los Carabineros y la edad de un muchacho. La finca agrícola de la propiedad, desde aquel día, respondía ante mí.
Para recibirme mandaron a un empleado jubilado, uno que aquellos campos y aquellos hombres los conocía de toda la vida. Me presentó a los trabajadores uno a uno y luego, delante de todos, les rogó que no me gastaran bromas. Cosa de locos, pensé. Había pasado por el cuartel y por el servicio de los Carabineros, y había quien temía por mí las bromas de los campesinos. Ellos se presentaron, me estrecharon la mano y volvieron al trabajo. Ninguna broma, aquel día. Solo ojos que me medían.
Porque los hombres que iba a dirigir tenían casi todos la edad de mi padre, alguno más. Hombres que conocían la tierra desde antes de que yo naciera, y que miraban a aquel muchacho con la pregunta que cualquiera habría hecho: ¿qué crees que puedes enseñarnos tú?
No respondí con palabras. El servicio en los Carabineros me había enseñado algo que ninguna escuela enseña: mandar no es alzar la voz, es hacerse obedecer sin tener que alzarla.
De un manual de seguridad alimentaria para la producción artesanal: un concepto arduo, el pH, hecho claro sin banalizarlo.
El pH es una medida del grado de acidez o de alcalinidad de una solución acuosa. La escala va de 0 a 14: los valores inferiores a 7 indican una solución ácida, los superiores a 7 una solución alcalina o básica, y el valor 7 corresponde a la neutralidad, la del agua pura a temperatura ambiente. Cada unidad de diferencia en la escala corresponde a una variación de diez veces en la concentración de los iones responsables de la acidez: un producto con pH 4 es diez veces más ácido que uno con pH 5, y cien veces más ácido que uno con pH 6. Esta escala logarítmica tiene implicaciones muy prácticas: pequeñas variaciones de pH corresponden a grandes variaciones en el ambiente que los microorganismos deben afrontar.
¿Por qué el pH es tan importante para la seguridad alimentaria? Los microorganismos, como todos los organismos vivos, tienen un intervalo de pH en el que pueden sobrevivir y crecer. Fuera de ese intervalo, las reacciones químicas internas necesarias para la vida dejan de funcionar correctamente, y el microorganismo deja de crecer o muere. Los patógenos alimentarios más peligrosos, como el Clostridium botulinum, no sobreviven en ambientes con pH inferior a 4,6. Este valor es la frontera más importante para la seguridad de los fermentados: por debajo de pH 4,6 el botulismo no puede crecer ni producir su toxina, con independencia de cualquier otro parámetro.
El inicio de una novela histórica ambientada en la Livorno del Seiscientos: el puerto, una familia, un muchacho que mira los barcos.
Livorno, 1653. La ciudad nueva, querida por los Médici para convertirse en baluarte y refugio de los mercaderes de medio mundo, era ya un mosaico de lenguas, colores y olores. El aire del puerto, mezclado con el salitre del mar, se confundía con la peste de los establos, el aroma penetrante de las especias descargadas de los barcos levantinos y el olor acre del alquitrán con que se sellaban los cascos. Entre los muelles se apiñaban mozos que gritaban órdenes, mercaderes con vestiduras largas y los ojos siempre vigilantes, soldados con alabardas que custodiaban las mercancías, y mujeres que trataban de vender pan, vino o fruta a los marineros recién desembarcados.
Entre aquella multitud se movía la familia Martini. Lorenzo, el padre, era un hombre robusto, con los brazos templados por el trabajo de mozo de carga y la espalda encorvada por los fardos de sacos de sal y barriles de vino. Su piel, quemada por el sol y el viento, contaba la vida pasada en los muelles y a veces en el mar, cuando lo enrolaban como marinero de fortuna. A su lado, cuando podía, lo seguía su hijo Carlo, un chiquillo de cabellos oscuros y ojos profundos, que observaba el puerto como un inmenso teatro donde cada día se representaba la comedia del mundo.
De la introducción a un ensayo nacido de una vida de apuntes dispersos: el oficio de poner orden en el material de una vida.
Este libro existía ya antes de ser escrito. Existía en tres cajas de cartón guardadas en la sacristía, en veintisiete cuadernos de cubiertas distintas, en cuarenta años de homilías mecanografiadas, de cartas, de recortes subrayados dos veces. Su autor lo había escrito cada día, sin saberlo. Faltaba una sola cosa: el orden.
Quien acumula apuntes durante una vida no es desordenado: es fiel. Vuelve sobre los mismos pensamientos cada vez que la vida se los repropone, y cada vez añade una hoja. El desorden es solo la forma que toma la fidelidad cuando falta el tiempo de detenerse a ordenar.
El trabajo de edición fue ante todo un trabajo de escucha. Leerlo todo, sin prisa. Reconocer los temas que vuelven, y bajo los temas las preguntas. Elegir, que es el gesto más difícil: cada página excluida fue pesada dos veces. Y luego dar al conjunto una estructura que el autor pudiera reconocer como suya, porque un libro bien editado no tiene la voz del editor: tiene la voz de quien lo vivió, por fin en orden.
Doce capítulos, de tres cajas. El resto reposa en archivo, pero no está perdido: es lo que sostiene, invisible, las páginas que van a leer.
De un brindis por unas bodas de oro, escrito para la voz de un hijo.
Hace cincuenta años un muchacho con la corbata prestada y una muchacha con el vestido cosido en casa dijeron dos síes en una iglesia que en invierno era más fría que la calle. No tenían nada: una Vespa, un trabajo entre los dos, y esa testarudez que en nuestra casa se transmite mejor que la plata.
Desde aquel día lo han hecho todo juntos: tres mudanzas, dos hijos, un huerto que nunca ha dejado de dar tomates y consejos. Papá dice todavía que el secreto es darle la razón a mamá; mamá dice que el secreto es dejar que él se lo crea. Yo digo que el secreto lo he visto cada mañana, y eran dos tacitas sobre la mesa, una junto a la otra, desde antes de que yo naciera.
Alcen las copas: por los próximos cincuenta años. Por nuestros padres, que nos enseñaron el amor sin darnos nunca una lección.
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le responde Giovanni Casali, coordinador editorial